Vía: axonometrica.wordpress.com

Elogio de la metamorfosis

El arquitecto Miquel Lacasta considera que los sistemas urbanos deberían tener en cuenta el modelo de reinvención conocido como metamorfosis.

Por Miquel Lacasta > @miquelacasta

Cuando un sistema es incapaz de resolver sus problemas vitales, se degrada y se desintegra, o por el contrario es capaz de suscitar un metasistema que puede por sí mismo tratar esos problemas: es decir, se metamorfosea.[1]

Los sistemas urbanos tienden a corromperse hasta el límite de ser incapaces de resolver problemas fundamentales, que de quedar abiertamente sin resolver, acabarán con el sistema que los acoge. En estos tiempos locos, la amplificación y aceleración de los procesos que exigen una transformación efectiva y de cierta importancia para mantener un mínimo de eficiencia se multiplican en el tiempo y en el espacio. Por tanto, parece que metamorfosearse es una habilidad a tener en cuenta.

Lo probable es la desintegración. Lo improbable pero a la vez posible es la metamorfosis.

La imagen que no por evidente, resulta especialmente aleccionadora es el gusano que se encierra en una crisálida, de la que mágicamente surge una mariposa. Más allá de Kafka, que reconstruye el relato de una metamorfosis distópica e inquietante, la transformación radical que supone una metamorfosis debería ser un campo de estudio para los sistemas urbanos.

Lejos de lo que pueda parecer, una metamorfosis no empieza con una catarsis dolorosa y rompedora, más bien suele arrancar de un proceso simple y repetido que llevado al extremo, acaba, ahora si, en un punto de ruptura, en un bifurcación del sistema hacia un nuevo modo de comportamiento adaptado. No es por tanto una adaptación de especie, una micro-transformación diaria, en un proceso que de la casi nada, aparece, se acelera y rompe de forma voluptuosa.

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Hay algo de transformación físico-química, de surgimiento de una nueva naturaleza en la idea misma de metamorfosis.

La idea de metamorfosis me parece mucho más rica y depurada, más prometeica, que la idea de revolución. O la idea de evolución. En un proceso de metamorfosis, sin embargo, todo empieza, como siempre, con una innovación, un nuevo comportamiento marginal, modesto, habitualmente invisible a sus contemporáneos. La metamorfosis no empieza a partir de una ruptura por principio, contrariamente a la revolución. Y es que en un juego de palabras a tener en cuenta, en toda evolución reside el principio de sufrimiento, pero en toda revolución reside el principio de involución.

Hoy, que todo está por repensar, por modelar de nuevo, por transformar de forma precisa desde el mismísimo origen de su naturaleza, las metamorfosis son, o deberían ser, el modelo de reinvención que los sistemas urbanos deben tener en cuenta.

Hay dos puntos que se suman a este elogio a la metamorfosis.

El primero es el modelo de incertidumbre en el que nos manejamos. Si la evolución es opresiva y la revolución es reactiva, eso es porque el modelo de degradación es claro, conciso y ampliamente conocido. Sabemos el origen y, o nos adaptamos lentamente, o destruimos el origen de esa degradación.

Esta lógica directa y lineal es, en términos contemporáneos, imposible. Todo esta por repensar y re-emprender.

De hecho, ya existen en todos los continentes, hervideros de creatividad y multitud de iniciativas locales, que pretenden regenerar la economía, la sociedad, la política, la educación, la ética, etc. Ya existen, ya están aquí, las acciones modestas que llevan a una incipiente metamorfosis de los sistemas urbanos, convirtiéndose así en una autentica reforma prometedora del modo de vivir.

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En otras palabras, de este primer punto, resulta que la evolución siempre existe en tanto que sistema de opresión, y la revolución no puede ser inventada, porque en realidad no podemos determinar el origen de la desintegración en el que estamos inmersos. Por el contrario, la metamorfosis ya ha empezado en todos los estadios del conocimiento, en todos los estados de la materia, en todos los espacios y los tiempos.

El otro punto está ligado a la expresión de la metamorfosis.

Es fácil asociar la idea de evolución a una cierta deformación estética. Quiero decir que la evolución opera en un tiempo infinitamente largo, y va creando mediante una opresión constante una presión deformadora. El resultado estético de la evolución es la monstruosidad. Imagino los innumerables estadios intermedios de la evolución entre un pez y un homínido y cada imagen fija del proceso se me antoja monstruoso y aberrante. Sin embargo, si esta transformación se da en millones de años, esas deformaciones, deben aparecer como naturales o apenas, ligeramente llamativas. En fin, los sueños de la evolución sí que producen monstruos, parafraseando a Goya, siempre que esos sueños se muestren en un espacio muy acotado de tiempo.

La estética de la revolución lleva asociada la imagen de la destrucción, la sangre y la víscera; huele a muerte y destrucción. Por eso evocaba antes la pareja revolución/involución. Toda revolución, precisamente por su potencial destructivo, tiene mucho de involución, de paso atrás. La revolución es por definición reaccionaria, sea justa o legítima, su proclama siempre necesita de un huésped al que destruir, de un sujeto al que aniquilar.

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Muy al contrario la estética de la metamorfosis está íntimamente ligada a la experiencia perceptiva de la belleza. La metamorfosis, incluso en el momento de mayor carga catártica, viene asociada con la belleza de una nueva naturaleza, exuberante, voluptuosa, como antes apuntaba, rica, plena, amable… etc. La metamorfosis es organoléptica y a la vez, es metafísica. En este sentido, hay una especie de coherencia en este razonamiento. Si para el empirismo estético, toda experiencia empieza en la vida ordinaria, la lógica de la metamorfosis coincide en este sentido como un guante de seda.

La metamorfosis empieza con una puesta de sol, a partir de una lluvia suave, debido a la fricción de las hojas mecidas por el viento. Y acaba con una resplandeciente y absolutamente nueva naturaleza.

Por eso no creo que los sistemas urbanos deban avanzar a golpe de sofocantes evoluciones, ni de agresivas revoluciones. La ciudad, como una crisálida, debe ser capaz de leer y aprender de la naturaleza, como transformarse en mariposa, y volar…


[1] MORIN, Edgar, L’YVONNET, François, Cahier Morin, Editions de l’Herne, París, 2016. De hecho, este texto se inspira en un escrito de Morin con el mismo título, que se encuentra en el título, al que yo llevo a mi terreno acerca de los sistemas urbanos.

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